Capítulo II: La Aguja del Alba — Parte 3: La cicatriz
Tercera parte del Capítulo II: el vacío mágico, la ciudad fantasma y la coda.

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Transcripción del episodio
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El conductor arcánido había funcionado, y había funcionado demasiado bien. Hizo exactamente aquello para lo que Lyandro lo había diseñado, y, al hacerlo, abrió un vacío de poder tal que absorbió la magia ambiental en un radio de leguas y dejó una cicatriz de silencio donde antes había mundo. Dentro de los muros de Aethelburg, la magia ya no existía, los encantamientos permanentes se apagaron como se apaga lo que nadie sostiene. Los artefactos quedaron reducidos a baratijas de buen cristal. La tierra misma se volvió inerte, y no dio más, y no recordó haber dado. Lyandro no había represado el río como el ara temía, lo había secado entero, que era la única cosa que ella no había llegado a temer en voz alta.
En un solo día, Aethelburg, la Aguja del Alba, la ciudad que se había levantado para que se la viera a plena luz, se volvió ciudad fantasma. Sus habitantes la dejaron porque no quedaba en ella nada de lo que los había llevado allí. Lyandro quedó en su torre y no lo retuvieron barrotes, porque no lo sabía, lo retuvo la ausencia total de aquello que había sido toda su vida. Quien lo vio por última vez no contó que clamara, contó que estaba sentado, con los planos delante, mirándolos como se mira un cálculo que sigue siendo correcto después de haber destruido todo lo que rodeaba. La edad del ocaso no terminó aquel día.
Aprendió, eso sí, una lección que no redime, que algunas obras dejan cicatrices que el tiempo no cura porque el tiempo no las toca. Lyandro de Vash no quiso destruir nada, quiso que la magia obedeciera a la ingeniería, y la magia obedeció. Hizo exactamente lo que él había diseñado que hiciera, sin que él hubiera modelado lo que ocurriría después del límite que no miró. El mundo ya había conocido otras ruinas, y una de ellas era tan vasta que, junto a ella, Aethelburg era apenas una advertencia legible, pero aquella otra no había sido obra de los hombres. Esta sí, y así quedó inscrita, en los mapas y en las memorias de Aerthos, la primera ruina que la humanidad tuvo que enseñarse a sí misma a no repetir.