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Capítulo II · Parte 2 · 00:03:11

Capítulo II: La Aguja del Alba — Parte 2: La activación

Segunda parte del Capítulo II: las décadas de obra, la activación y la catástrofe silenciosa.

Capítulo II: La Aguja del Alba — Parte 2: La activación — arte del episodio
Publicado
Duración
00:03:11

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Transcripción del episodio

Transcripción automática normalizada para lectura, búsqueda y citación. El archivo VTT original sincronizado sigue disponible.

Durante décadas, creció Aethelburg en torno a la Aguja. Acudieron a ella los mejores canteros, los mejores magos y los mejores artesanos de cuantos reinos humanos había, no llamados por edictos, sino por la certeza de que allí se hacía lo que en ninguna otra parte se haría. La torre subió año sobre año, cuarzo blanco y aleaciones de plata, hasta brillar con una luz que los visitantes llamaban casi divina sin medir lo que decían. En su cúspide se asentó un orbe de cristal de tamaño desmedido, tallado con glifos de poder, y el orbe esperó, vacío, el beso de los soles. Durante todos aquellos años, nadie volvió a nombrar a Aelara, y Aelara no volvió a hablar.

Llegó el día de la activación con los cielos despejados, como si el mundo hubiera querido que no faltara luz. Lyandro subió a la cima de su torre, que era también la cima de su vida, y pronunció las palabras últimas del encantamiento. El orbe cobró vida y atrajo la luz de los soles en un torrente que cegaba. Un zumbido grave recorrió la ciudad de cimiento a cornisa. La energía bajó por los conductos como había sido calculado que bajara, y las fuentes de Aethelburg manaron luz hecha líquido ante los ojos de un pueblo entero. Fue durante un instante un triunfo sin reparo. El instante fue todo lo que duró.

El zumbido no cesó, se ahondó, dejó de ser sonido y se volvió condición, más absoluto cuanto más se prolongaba. La luz líquida de las calles vaciló y se retiró. Los magos congregados en la plaza sintieron deshacerse sus hechizos a medio gesto, y sus mentes quedaron sin aquello con que pensaban la magia. Como queda sin filo el cuchillo y sin saber por qué cortaba. Después cayó sobre Eitl'theriburg un silencio que no era ausencia de ruido, sino ausencia de algo anterior al ruido. No hubo grito que lo llenara, porque el grito mismo era de las cosas que se habían deshecho. Desde una colina apartada, el hara lo vio, vio el aura mágica de toda la región plegarse hacia la torre y desaparecer dentro de ella en un solo instante, sin resto, no hubo explosión, no hubo fuego, no hubo escombros ni derrumbe ni nada de cuanto los hombres habían aprendido a temer cuando temían una catástrofe.

Hubo, en su lugar, la nada, que era peor porque no se la podía mirar ni nombrar como se nombra un enemigo. La profecía cumplida no consoló a la anciana. Elara bajó de la colina cuando no quedó ya nada que mirar, y no volvió a nombrar la torre. Así concluye la segunda parte, el final de la Aguja del Alba aguarda en la tercera parte.

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