Saltar al contenido
← Podcast

Capítulo II · Parte 1 · 00:05:21

Capítulo II: La Aguja del Alba — Parte 1: La ciudad concebida

Primera parte del Capítulo II: la era, la visión de Lyandro, el Conductor Arcánido, la advertencia de Elara y el consejo.

Capítulo II: La Aguja del Alba — Parte 1: La ciudad concebida — arte del episodio
Publicado
Duración
00:05:21

Transcripción HTML

Transcripción del episodio

Transcripción automática normalizada para lectura, búsqueda y citación. El archivo VTT original sincronizado sigue disponible.

Crónicas de Aerthos. Capítulo segundo, la Aguja del Alba. En la edad del ocaso temprana, cuando las sombras del mundo eran aún largas y delgadas, y nadie las había contado todavía, se alzó sobre las llanuras centrales un pueblo joven. Eran los hombres, raza febril y reciente que habían crecido entre las ruinas del antiguo imperio solar sin haberlo conocido y sin descender de él. Lo que de aquel poder quedaba eran columnas rotas en la arena y un nombre que los humanos pronunciaban como se pronuncia el de un país que nunca se visitó. No tenían la paciencia con que los elfos dejaban que la magia los atravesara ni el silencio con que los enanos la arrancaban de la piedra en runas. Tenían, en cambio, una genialidad sin cautela, y la creían virtud. Bajo el doble amanecer de los 2 soles, que subían a alturas distintas sobre la misma línea de

tierra como habían subido siempre sin que nadie pudiera decir cuál guiaba a cuál, Los hombres miraron las llanuras vacías y no vieron vacío, dieron sitio. La edad de el ocaso temprana fue espléndida en su comienzo. Fue también la edad en que un pueblo confundió poder hacer con deber hacer, no supo que las había confundido hasta mucho después. Entre aquellos hombres hubo 1 que no era rey ni general, y cuya voluntad pesó más que la de reyes y generales. Se llamaba Lyandro de Vash, y su estirpe era de las que recordaban el imperio solar caído, no su sangre, que se había perdido, sino su relato, transmitido como se transmite una deuda. Lyandro era arquitecto y era mago, y soñaba con tocar el cielo no por orgullo de la mano, sino por convicción del entendimiento. Concibió una ciudad y le dio nombre antes de ponerle piedra. La llamó Aethelburg y la llamó también la Aguja del Alba,

porque había de elevarse hacia los soles como una aguja se eleva hacia la tela que ha de coser. No sería ciudad de muros y techos solamente, sería la prueba construida de que la magia podía pertenecer a los hombres como les pertenecía el cálculo y la cantera. El corazón de aquella prueba era el conductor arcánido. Lyandro lo pensó como una torre que no guardara nada y lo entregara todo. Recoger la luz de los 2 soles, traducirla en magia pura y verterla por la ciudad entera para que ningún ciudadano, por humilde que fuese, careciera de ella. Los elfos coexistían con el río de la magia y bebían de su orilla. Los enanos lo cavaban en vetas y se lo llevaban a hombros. Lyandro no quería ninguna de esas 2 servidumbres, quería el río dentro de la casa, abierto con una llave, cerrado con otra. No era un sueño de codicia, era un sueño de ingeniería, y en ingeniería el diagnóstico

de Lyandro era exacto. La magia, en efecto, podía canalizarse. Lo que no estaba en su cálculo era qué haría la magia cuando se la canalizara hasta el final de lo que la canalización permitía. Tenía Lyandro una mentora, una anciana llamada Elara, cuyos ojos se habían nublado de tanto mirar futuros que aún no eran. Ella le habló con la única figura que él podía entender, que era la de un curso de agua. La magia es un río, Lyandro, dijo. Puedes beber de él, puedes navegarlo, puedes incluso desviar su cauce, si tienes fuerza y humildad bastantes, pero si lo represas, su poder no se someterá, buscará otro cauce, o lo que es peor, se quedará quieto y morirá, y matará la tierra que lo esperaba. Lyandro escuchó la advertencia y la archivó entre las cosas que el miedo dice. No despreció a Elara, despreció al miedo, que es error más difícil de ver. La gravedad de la anciana no torció en él una

sola línea de los planos. Ante el consejo de la ciudad que dudaba, Lyandro habló sin alzar la voz, que era su manera de alzarla. El miedo nos ha tenido en las sombras de elfos y enanos durante generaciones. Hijo, no nos enterraremos bajo las montañas, no nos esconderemos en los bosques, construiremos nuestro futuro a plena luz, donde pueda vérselo. El consejo, que temía, pero temía más parecer temeroso, le dio la luz. Aquel fue el punto en que la cautela dejó de ser una opción discutible, y pasó a ser una palabra que ya nadie quería pronunciar en voz alta. Las decisiones de ese peso se toman una vez, y después solo se ejecutan.

Aquí termina la primera parte de la Aguja del Alba. La crónica continúa en la segunda parte.

Ver VTT original