Capítulo I: La Vigilia — Parte 2
Segunda parte del Capítulo I: el precio del sueño, la promesa y la Ruptura.

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Transcripción del episodio
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Ahreth pronunció el precio con la sequedad de una crónica, no de una propuesta. Necesitamos que todo arda, cada alma, cada piedra, cada recuerdo, la civilización entera como combustible del sello. Ninguna fuente externa bastaba. Las torres solares, los cristales, toda la magia acumulada del imperio no alcanzaba a fisurar el tiempo de modo gobernado en torno al durmiente. Solo había una fuente suficientemente grande y era todo lo que los Syl'theri habían sido, las ciudades de cristal, los 3 siglos de saber, los nombres de cada 1 de los que dormían esa noche bajo el hechizo de quietud sin saber que se los había contado ya como leña. El mago joven no habló, las lágrimas no le llegaron, ya estaban, veredicto del cuerpo dictado antes de que la mente terminara de decidir si aceptaba la sentencia como verdadera. 2 de los
mayores rieron. Esa risa que no es desprecio, sino el único otro lugar a donde ir cuando llorar sería conceder que la sentencia es cierta. Ishan-Rel no lloró ni rio. Miró la obsidiana como quien busca en una superficie la salida que ha de existir si se estudia bien la geometría. La piedra le devolvió su propio rostro invertido, y nada más. No había puerta en aquel negro. El duelo no había llegado todavía. Primero venía el cálculo, y el cálculo no se detenía. Así fue dicho el precio, una sola vez, porque las cosas de ese peso no se repiten, se acatan. Entonces, Ishan-Rel preguntó, desde dentro de la postura de la Guardia Silente, lo único que importaba, con la voz llana y entera. ¿Quién sobrevive para recordar? El gran tejedor respondió con el cuidado que se da a una frase que será llevada lejos y llevada mucho tiempo. 1 de la
Guardia Silente, 1, no más, para que el secreto no muriese con ellos, para que algún día, cuando el mundo estuviera preparado para enfrentar lo que vendría al despertar el Durmiente, un descendiente pudiera regresar a la cuna. En el perímetro de la sala había ahora 5 guardianes, equidistantes, inmóviles. Estaban allí desde siempre o habían llegado sin anuncio, y su presencia desplazaba la gravedad del recinto. Lo que seguía ya no era conversación de consejo, sino cosa atestiguada. Ahreth no dijo el nombre. Posó los ojos en Ishan-Rel el tiempo necesario y ni un instante más, y ella inclinó apenas la cabeza. No un asentimiento, el reconocimiento más pequeño que una guardiana se permite. La armadura de la postura quedó intacta. Debajo se asentó el peso de un propósito que fue puesto, no elegido. Los cargos más pesados no se anuncian, se posan y ya está.
Aquella última noche, Ishan-Rel se detuvo en el umbral de la cámara de la cuna, donde el negro del corredor daba paso a un ámbar total. La cuna era un tejido de luz dorada condensada a unas manos del suelo, y la forma del niño se sugería más que se veía, calor antes que contorno. Entró sin apurarse, porque permanecer en el umbral habría sido también una decisión, y posó la mano derecha en el borde de luz. El borde no cedió ni resistió. La luz se curvó apenas hacia la presión y la reconoció. Era el contacto más pequeño que cabe. Presencia sin peso, en el límite exacto de lo que la regla de la guardia permitía, pues ningún guardián había dirigido jamás palabra al durmiente, por no ser presunción tan grande. El durmiente abrió los ojos. Eran pozos de estrellas antiguas, fuego a distancias que ninguna mirada mide, demasiada luz en muy poco espacio, y no había en su
rostro sorpresa alguna. No habló, no tenía vocabulario, o lo tenía tan viejo que ninguna lengua viva podía contenerlo. Miró a Ishan-Rel, y ella no leyó en esa mirada súplica ni gratitud. Leyó tristeza, la de quien conocía el precio desde el principio y había esperado, sin apuro, a que los demás lo descubrieran. 2 seres que habían llegado al mismo saber por caminos distintos se reconocieron a través de la distancia, Ishan-Rel retiró la mano, y la luz no la siguió ni se atenuó. Su ausencia fue simplemente eso, ausencia. Se volvió hacia la salida y, sin mirar atrás, pronunció en voz baja una promesa dirigida a sí misma, no al durmiente, voz lo bastante baja para pertenecer a la cámara y no a la ciudad. Te vigilaré, no te abandonamos, solo te escondemos del hambre que viene. La promesa quedó bajo la bóveda en la única dirección que la regla permitía, hacia la mujer que
acababa de formularla, no hacia el niño. El durmiente no la llamó de vuelta ni cerró los ojos. Miró el lugar donde ella había estado, con la misma tristeza, paciente como la piedra. Fue lo más cercano a una despedida que el mundo les concedió. Al amanecer del cuarto día, la enviaron al pasadizo de evacuación oriental, único eje designado para el superviviente, e Ishan-Rel caminó con pasos contados, no por miedo a perder la cuenta, sino porque el cuerpo había recurrido a la única operación que sabía ejecutar sin la presencia entera de la mente. Salió a la duna que bordeaba la ciudad y miró atrás una vez. El cuerpo lo hizo antes de que la decisión fuera consultada. Las torres de cristal negro ardían con una intensidad que no tenía techo. La magia no se desplegaba, se liberaba de vuelta de golpe al mundo. Los bordes de los edificios se
desdibujaban, no como ruina que cae, sino como cosa que el durmiente del mundo deja de recordar. Las calles se curvaban hacia adentro, las plazas se plegaban sobre un centro que ya no estaba. En el corazón de la ciudad, los Tejedores Temporales, guiados por el trazado de Lythos, formaban un círculo de 12 figuras y cantaban en el idioma de antes del lenguaje, aquel en que las cosas se nombraban a sí mismas antes de que hubiera quien las nombrara. Y más alto que ellas, Ahreth permanecía aparte, no como artífice, sino como autoridad que sostenía el mandato político. La fisura fue silenciosa. Así lo recordaría Ishan-Rel los años en que fue la única persona del mundo con ese recuerdo, silenciosa. La realidad se apartó de sí misma como una herida que aún no ha empezado a sangrar, y en ese instante creyó ver, o quizás solo quiso creer que
veía, la silueta de la cuna de luz desaparecer hacia dentro de la brecha, llevada a donde ni la sombra de Tza'Rhaun ni el paso de los siglos pudieran alcanzarla. La burbuja se cerró, la ciudad desapareció. La arena ocupó el espacio donde habían estado 3 siglos de civilización con la indiferencia con que el desierto ocupa todas las ambiciones que ha presenciado y enterrado. No quedó nada que enterrar. Quedó la certeza en la única Syl'theri viva de que algo estaba escondido, no perdido.