La Astilla y el Sello
De la grieta que dejó La Ruptura, algo se filtró. No era un ejército ni una bestia: era una astilla. En la quietud sin fondo de Tenebris moraba una conciencia más pequeña y más celosa, y tenía nombre —aunque pocos se atrevían a pronunciarlo entero—: Tza'Rhaun.
No destruía: torcía lo ya hecho y lo devolvía al mundo casi igual. Susurró a los Orcos, a los Enanos, a los Elfos. Vino la Guerra de la Traición. Cayó Vhain el Mudo; ardió la torre de Mórniath. Y en esa guerra nacieron los Humanos, breves y hambrientos, que hubieron de inventar el honor cada mañana con las manos sucias.
Sellaron a Tza'Rhaun en el corazón de un volcán de la Espina Negra. No lo mataron: lo cerraron como se cierra una puerta sobre algo que respira. Mil años después llegó la edad del Ocaso, y los que en ella moran no saben en qué noche viven.