Saltar al contenido
← Podcast

Cosmogonía IV · 00:08:20

Cosmogonía IV — El Tapiz que Aún Respira

Cuarto movimiento: el Tapiz que, pese a todo, aún respira.

Cosmogonía IV — El Tapiz que Aún Respira — arte del episodio
Publicado
Duración
00:08:20

Transcripción HTML

Transcripción del episodio

Transcripción automática normalizada para lectura, búsqueda y citación. El archivo VTT original sincronizado sigue disponible.

Estas son las crónicas de Aerthos. El mundo donde la luz y la sombra se tejieron como hermanos, y donde aún hoy el tapiz respira. Capítulo cuarto. El tapiz que aún respira. El sello flaquea. Aethelria avanza sin saber lo que despierta bajo sus pies. 3 figuras se levantan en el lindero, la guardiana, la archivera y el capitán de sangre mezclada. Lo que sigue ya no es relato antiguo, es, todavía, el aliento del mundo. Espinas negras se devoran entre sí bajo un caudillo de risa terrible, Gromash llamado, que cree, y casi convence a su pueblo, que el único honor que les queda es la conquista. Y, sin embargo, en las tribus aisladas, lejos del humo de sus hogueras, hay todavía quien recuerda una canción más vieja, y un joven chamán empieza a aprenderla en secreto.

En los desiertos de Kregs, los nómadas escuchan, en las ruinas que la arena no ha terminado de cubrir, voces que no son del viento. Y al sur se alzó, en aquellos años, un imperio nuevo, joven y hambriento, brillante como espada recién forjada, Aethelria, que en boca de sus fundadores se quiso decir tierra de los nobles que acaban. Hijos eran de aquellos humanos que pelearon en todos los frentes y aprendieron de tanto pelear a no creer en nada que no se pudiera medir. Marchaban derecha sus legiones, y el polvo que levantaban se veía en el horizonte antes que ellas. Catalogaban sus magos las reliquias antiguas como quien cuenta monedas. Y de los señores de Ethelria se dice que su emperador era de astucia callada, y sus generales hombres de hierro, y la archimaga Lyra, que entre todos ellos resolvía y aconsejaba, mujer de cuya paciencia no se conocía

el fondo, y ninguno de los suyos sabía qué cosa despertaba bajo sus pies, porque el sello flaqueaba. No de golpe, nunca son de golpe estas cosas. Se debilita el sello como se debilita un dique, en grietas que nadie mira hasta que el agua entra por todas a la vez. No había vuelto Tza'Rhaun, tampoco necesitaba volver. Encerrado, solo susurraba. Susurró a Aethel en furia gris, enano de Grimstone, hasta que Aethelen bajó a las cavernas de los lamentos buscando gloria. Y volvió siendo otra cosa, gris la piel, fríos los ojos, lenta la voz, y a sus pies un gusano de roca doblegado a su voluntad, tan viejo como las raíces del mundo.

Susurró a los magos que se internaron en los bosques susurrantes creyendo que oirían poder, y oyeron, sí, lo que querían oír. A esos hoy se los llama los Tejedores de Ecos y sirven, y algunos ya lo saben a la voz que les habla. Susurró sobre todo a los buenos, al rey que vacila, al sabio que duda, al joven oficial que quiere demostrar su valía. No necesita malvados. En cada generación elige 3 o 4 hombres justos a los que el sueño huye, y por boca de ellos se hace. Y, sin embargo, no estaba perdido el mundo. Porque en aquellos días, cuando la montaña sangraba y el bosque enfermaba y el desierto recordaba demasiado y el imperio crecía sin escuchar, 3 figuras menudas, casi imperceptibles, comenzaron a caminar por separado por mapas distintos, y de esas 3 se dirá lo que después se dijo.

La primera fue Zafira, de los nómadas de Kratzi, hija de la casa de Hydrahel, que es de las casas que el desierto no olvida, rastreadora de ecos en su pueblo, y a quien después llamarían guardiana del sueño. Aconteció que sus dedos tocaron bajo una piedra que el viento había descubierto lo que ningún anciano de su tribu se había atrevido a desenterrar, y supo entonces lo que pocos quisieron saber, que la ruptura no fue accidente, sino sacrificio, que los Syl'theri no se hundieron por orgullo, sino por amor, y que algo, alguien duerme bajo el desierto, y su sueño sostiene el mundo.

De ella se dirá en su tiempo cómo vino a ser guardiana de un sueño que no era el suyo y qué precio pagó por no soltarlo. La segunda fue la Israel, erudita de Aethelgarcaída, hija de archiveros de manos manchadas de tinta y de polvo de libros viejos, aquella a quien después nombraron la que leyó la sombra en los libros. Y aconteció que una noche, leyendo a la luz de una vela, comprendió lo que ningún anciano de su pueblo había querido comprender, que el marchitamiento no era plaga, sino infección, que la infección venía de una herida y que alguien, en alguna parte, hurgaba esa herida a propósito.

Apagó la vela, empacó sus libros, salió de él Doria al amanecer, sin permiso, sin escolta y sin volver la cabeza, y de los suyos no la vio nadie partir, salvo un solo guardia que después callaría toda su vida lo que aquella mañana había visto. El tercero fue Ahreth, hijo de Caelumir, capitán del imperio de Aethelria, y de Iriabel, de la casa de Syl'rned, elfa de Eldoria, a quien los suyos repudiaron por haber amado a un hombre breve, nacido, pues, de 2 pueblos y aceptado del todo por ninguno. No quería Ahreth ser nada extraordinario, quería pertenecer, quería que su padre lo mirara con orgullo, quería que los suyos, humanos y elfos, ambos los suyos, ninguno del todo los suyos, lo aceptaran.

Mas hay viejas profecías que no preguntan, y entre las que en Aethelgard fueron escritas antes del vaciamiento y que las casas élficas conservan sin entenderlas, hay un verso oscuro, sostenido por aliteración más que por sentido, acerca de un héroe de sangre mezclada, nacido cuando los soles gemelos al fin giren la cabeza el 1 hacia el otro, bajo una luna que lleva rota desde antes que la memoria, verso que pocos relacionaron con muchacho alguno hasta que ya fue tarde para no relacionarlo. Y los soles gemelos giraban ya, aunque pocos enaertos lo notaran. Y Ahrethos aquella mañana solo se ajustaba la hebilla del cinturón.

No se conocían aún estos 3 ni sabía ninguno de ellos del otro. Caminaban por mapas distintos hacia preguntas distintas, sin saber que las preguntas eran una sola pregunta y que el mapa al final era 1 solo. Mas los hilos de un tapiz tendido vuelven siempre a tocarse, y cuando se encontraron, que se encontraron, el mundo entero ya temblaba. Y de todo lo que después aconteció en Aerthos, y de cómo los 3 fueron 1, y el 1 fue 3, y de quién al final levantó la mano contra la sombra, y quién la abrazó, y de qué pérdidas hubieron de contarse y cuáles quedaron sin contar, y de los enanos que murieron sin volver a ver su montaña, y de los elfos que se durmieron bajo árboles ya sin sabia, y de los humanos que ganaron guerras que no entendieron, y de los orcos que cantaron antes de morir una canción que sus abuelos habían olvidado.

Hablan las crónicas que siguen.

Ver VTT original