Cosmogonía III — La Astilla y el Sello
Tercer movimiento: la astilla del Vacío y el sello que la contuvo.

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Transcripción del episodio
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Estas son las crónicas de Aerthos. El mundo donde la luz y la sombra se tejieron como hermanos, y donde aún hoy el tapiz respira. Capítulo tercero. La astilla y el sello. De la herida del mundo se asoma un hombre que no quiere ser dicho. 3 susurros se reparten, los hombres son hechos breves, y un sello cierra lo que no debe abrirse. 1000 años de silencio. El silencio también era un canto. Grieta que dejó la ruptura, algo se filtró. No era un ejército, no era una bestia, era una astilla. Tenebris, el vacío silente, nunca había hecho daño, hermano era, no enemigo. Pero en la quietud sin fondo de su mirada moraba una conciencia más pequeña, una astilla más celosa, hecha del sedimento amargo de cuanto el mundo no dejó nacer, y esa astilla tenía nombre, aunque pocos se atrevieran a pronunciarlo entero, Tza'Rhaun. No destruía Tza'Rhaun, torcía lo ya hecho y lo
devolvía al mundo casi igual, solo que ya no era lo mismo, susurró a los orcos. Su orgullo de fuego se hizo sed de sangre, y su chamanismo, que era pacto con los volcanes, se hizo brujería negra, y los unió bajo un estandarte sin honor, el de la espina negra. Susurró a los enanos. Su amor por la piedra se volvió codicia, su lealtad se volvió desconfianza. Hermano dejó de mirar a hermanos sin sospecha, susurró a los elfos. A algunos les prometió una luz más antigua que las estrellas, y aquellos elfos, hambrientos de una belleza imposible, bajaron a las profundidades y no volvieron a salir.
A sus hijos los llaman hoy los Aetheldur, que es decir, los que olvidaron el cielo. Vino entonces la guerra de la traición, y duró lo que duran las guerras que el mundo no quiere recordar, demasiado. Y en aquellos años cayó Bain el mudo, último de los padres bajo la piedra, ante las puertas de Tza'Rhaun, y allí fue muerto sin haber pronunciado palabra. Y la torre de Morniath ardió 3 noches sin que nadie viera la mano que la había encendido. Y el rey élfico Ydranel, que era de la casa de Syrned, fue tomado vivo por los Aetheldur, y de él no se supo más, salvo que su nombre dejó de cantarse en Eldorea al amanecer. En esa guerra nacieron los humanos.
No nacieron del fuego ni de la piedra ni de la luz de las estrellas, nacieron del paso de los días. Breves eran y hambrientos, no tenían cantos propios y aprendieron los ajenos, no tenían honor heredado y hubieron de inventarlo cada mañana con las manos sucias. Y lucharon, porque eso supieron hacer en todos los frentes, con todos los pueblos, contra toda sombra. Al cabo de un siglo de ceniza, los pueblos libres atraparon a Zarroun y lo sellaron en el corazón de un volcán de la espina negra. No lo mataron. Ningún mortal mata a una astilla del vacío. Lo encerraron. Lo cerraron como se cierra una puerta sobre algo que respira.
Mas cayó kaza'gor, vaciada quedó Aethelgard. Y la confianza entre las razas, ese tejido más frágil que cualquier seda, quedó cortada en jirones que nadie ha vuelto a coser. 1000 años pasaron después, que es poco para una montaña y eternidad para un hombre. Y en ese tiempo se olvidaron los nombres de los caídos, y los muros levantados con su sangre fueron creídos obra de manos antiguas que nadie recordaba. Y la edad presente es llamada la del ocaso, y los que en ella moran no saben en qué noche viven. Reconstruidos están los reinos, mas son sombras. El doria, la de los bosques cantores, se ha cerrado sobre sí misma como flor que teme la lluvia, y sus ancianos repiten rituales que ya no curan nada, mientras una fiebre lenta, el marchitamiento, la llaman, les seca los árboles desde la raíz, y en los claros donde antes brotaba musgo, hoy crece un silencio que huele a hojas quemadas.
Grimstone, la de los enanos, golpea el yunque con menos fuerza cada año, y en sus alas, el eco devuelve el martillo más tarde que antes, como si la piedra misma estuviera cansada. Sueñan con recuperar Kaza'Gor, hoy infestada de horrores. Mas en sus túneles más profundos hay enanos, pocos todavía, que han comenzado a grabarse runas prohibidas en la piel. Las tribus del