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Cosmogonía II · 00:03:49

Cosmogonía II — La Forja y la Ruptura

Segundo movimiento: la Edad de la Forja y la Ruptura que partió el mundo.

Cosmogonía II — La Forja y la Ruptura — arte del episodio
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Duración
00:03:49

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Transcripción del episodio

Transcripción automática normalizada para lectura, búsqueda y citación. El archivo VTT original sincronizado sigue disponible.

Estas son las crónicas de Aerthos. El mundo donde la luz y la sombra se tejieron como hermanos, y donde aún hoy el tapiz respira. Capítulo segundo, la forja y la ruptura. En el sur florecen los hijos de la doble hora, y bajo la piedra 7 padres encienden los hornos de greenstone. Pero el orgullo aprende a creer que el tapiz es suyo, y lo que se aprende lo cobra el tapiz. Vino entonces la edad de la forja. En el sur, allá donde se extienden los desiertos blancos de Crix, floreció el imperio solar de los Syl'theri, cuyo nombre en la antigua lengua del cristal significaba los hijos de la doble hora.

Tenían la piel oscura como obsidiana pulida, y guardaban en los ojos la doble luz de los soles gemelos. Y levantaron ciudades cuyo cristal sonaba al amanecer y se enfriaba al anochecer, y palacios donde la luz no entraba, porque la luz ya vivía adentro, prendida en las venas mismas del muro. Domesticaron el tiempo como otros domesticaron caballos, aprendieron a demorar las horas, aprendieron a deshacer la vejez, aprendieron, y esto fue su perdición, a creer que el tapiz era suyo. En el norte abrieron los enanos Kha'za'Gor, que en la lengua de los padres bajo la piedra quiere decir profundidad del hierro rojo, fortaleza más vieja que muchos dioses pequeños, con galerías que descendían hasta donde la piedra recuerda haber sido fuego.

Y los elfos, en bosques que aún no tenían miedo, fundaron Aethelgard, la ciudad de la guarda noble, en cuyo recinto se alzaban las 5 torres que de antiguo se enumeran. Eluvar, la de la aurora, Syl'theri, la del cántico, Ondalore, la del agua quieta, Telfarien, la de la vigilia, y Morniat, la torre sin ventanas, donde se dictaron las primeras leyes que un mortal escribió creyendo entender la justicia. Espléndida fue aquella edad, orgullosa fue también. Los Syl'theri, embriagados por su dominio del instante, quisieron lo que ningún pueblo había pedido todavía, detener el reloj del mundo.

Reunieron su saber, alinearon lentes, encendieron salas y tiraron del tapiz para hacer un nudo donde no debía haberlo. Y se abrió en el cielo una fisura que ningún hombre vio, porque ningún ojo está hecho para ver lo que cede en la urdimbre del mundo, mas las aves que pasaban en ese instante cayeron muertas a tierra, y los ríos del sur retrocedieron una noche entera antes de volver a su cauce. A eso lo llamaron después la ruptura, Mas los que estaban allí no lo llamaron de ninguna manera, porque no tuvieron tiempo. Se hundieron las ciudades de cristal en un suspiro, parpadearon los soles gemelos.

El desierto se cerró sobre el imperio solar como un párpado, y donde antes hubo torres hubo arena, y donde antes hubo cantos hubo viento. La magia, libre de su cauce, se derramó por el mundo como un río que ha olvidado su lecho. Y allá, en el este, donde la herida fue más honda, los árboles empezaron a susurrar, aún susurran.

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