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Cosmogonía I · 00:04:29

Cosmogonía I — El Telar y los Cantos

Primer movimiento de la cosmogonía de Aerthos: el Telar del mundo y los cantos que le dieron forma.

Cosmogonía I — El Telar y los Cantos — arte del episodio
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Duración
00:04:29

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Transcripción del episodio

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Estas son las crónicas de Aerthos. El mundo donde la luz y la sombra se tejieron como hermanos, y donde aún hoy el tapiz respira. Capítulo primero. El telar y los cantos. En este capítulo, 2 figuras se descubren la una a la otra en lo profundo del silencio. Nacen los primordiales, y con ellos los pueblos que pisarán el mundo, altos y callados, anchos como raíces o libres como el rayo. Es la edad sin historia, la edad del gesto. Antes que hubiera nombre para el viento y antes que las piedras conocieran el peso de sus propias sombras, hubo 2, hubo Lúminos que soñaba.

Y hubo Tenebris que callaba, tejía el 1, escuchaba el otro el rumor del telar, cantaba el 1 hilos de luz, de materia, de memoria. Recibía el otro, en su quietud sin fondo, lo que cada hilo dejaba caer al pasar, la sombra. Porque ningún hilo de luz se mueve sin arrastrar la oscuridad que lo define, ni canción alguna suena sin el silencio que la sostiene. Y de esta doble ley, que no fue dictada por nadie porque era anterior a toda palabra, hubo de nacer cuanto después se llamó mundo. No fueron enemigos, eran hermanos. Llenábase el 1, acogía el otro lo que se vaciaba. De aquella danza, que no fue guerra, aunque más tarde los hombres la cantaran como guerra, pues los hombres prefieren la guerra a las cosas que no saben nombrar, vinieron los primordiales.

Y Gaea, que era tierra, despertó e inclinó Caelus, y de su altura cayeron las primeras lluvias sobre el cuerpo de ella, y sopló piros, fuego paciente en su vientre. De ese pacto, tierra fecundada por lágrimas, calentada por aliento, nació un mundo. Lo llamaron Aerthos, que en la lengua primera de lúmenos quiere decir aliento sobre la piedra, y Aerthos era joven, y temblaba. En aquella primera edad, que los bardos llaman el amanecer de los cantos, no había historia todavía, había gesto. Caminaban los primordiales sobre la tierra como quien camina sobre su propio cuerpo, dándole forma con la palma de la mano.

Y en esa palma abierta nacieron los primeros pueblos. Los elfos primero, prendidos un instante en la luz de las estrellas que se demoraba sobre Gaea, altos, callados, hechos para durar tanto como duran las cosas que apenas necesitan respirar. Después los enanos, tallados en lo más hondo de las montañas, anchos como raíces, pacientes como la piedra que solo recuerda el tiempo en eras. Y 7 fueron los primeros padres bajo la piedra, cuyos nombres aún se susurran en los hornos de Grimmstone, Durrim, Halgar, Tordrun, Ferek, Bralka, Nogr y vain el mudo, que jamás habló y a quien, sin embargo, escuchaban todos.

Y por último, los orcos, que no fueron tallados sino encendidos, del fuego que no se deja domar, de la espesura que no se deja talar, libres y feroces, hijos del volcán y del rayo. No había maldad entonces, había solo naturalezas, cada una fiel a sí misma. Cantaba el elfo sin saber que cantaba, como canta una caña al pasar el viento. El enano, al golpear la piedra, no le imponía forma, recordábale la suya. Y el orco corría con la tormenta, y no sabía que la tormenta era él. Acabó esta edad cuando los hijos de Gaea alzaron por primera vez la mano hacia lo que no era suyo, y la cerraron sobre ello, y supieron que la mano podía cerrarse.

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