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Cosmogonía · 00:19:02

Cosmogonía de Aerthos — Completo

La introducción completa a las Crónicas: el sueño de Lúminos, el silencio de Tenebris y la astilla que torció lo creado. Los cuatro movimientos de la cosmogonía en una sola pieza.

Cosmogonía de Aerthos — Completo — arte del episodio
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Antes que hubiera nombre para el viento, y antes que las piedras conocieran el peso de sus propias sombras, hubo 2, hubo Lúminos que soñaba. Y hubo Tenebris que callaba, tejía el 1, escuchaba el otro el rumor del telar, cantaba el 1 hilos de luz, de materia, de memoria. Recibía el otro, en su quietud sin fondo, lo que cada hilo dejaba caer al pasar, la sombra. Porque ningún hilo de luz se mueve sin arrastrar la oscuridad que lo define, ni canción alguna suena sin el silencio que la sostiene. Y de esta doble ley, que no fue dictada por nadie porque era anterior a toda palabra, hubo de nacer cuanto después se llamó mundo. No fueron enemigos, eran hermanos. Llenábase el 1, acogía el otro lo que se vaciaba.

De aquella danza, que no fue guerra, aunque más tarde los hombres la cantaran como guerra, pues los hombres prefieren la guerra a las cosas que no saben nombrar, vinieron los primordiales. Y Gaea, que era tierra, despertó e inclinó Caelus, y de su altura cayeron las primeras lluvias sobre el cuerpo de ella, y sopló piros, fuego paciente en su vientre. De ese pacto, tierra fecundada por lágrimas, calentada por aliento, nació un mundo. Lo llamaron Aerthos, que en la lengua primera de lúmenos quiere decir aliento sobre la piedra. Y Aerthos era joven, y temblaba.

En aquella primera edad, que los bardos llaman el amanecer de los cantos, no había historia todavía, había gesto. Caminaban los primordiales sobre la tierra como quien camina sobre su propio cuerpo, dándole forma con la palma de la mano. Y en esa palma abierta nacieron los primeros pueblos. Los elfos primero, prendidos un instante en la luz de las estrellas que se demoraba sobre Gaea, altos, callados, hechos para durar tanto como duran las cosas que apenas necesitan respirar. Después, los enanos, tallados en lo más hondo de las montañas, anchos como raíces, pacientes como la piedra que solo recuerda el tiempo en eras.

Y 7 fueron los primeros padres bajo la piedra, cuyos nombres aún se susurran en los hornos de Grimstone, Durrim, Halgar, Tordrun, Férek, Vralka, Nogr y Vine el mudo, que jamás habló y a quien, sin embargo, escuchaban todos. Y, por último, los orcos, que no fueron tallados, sino encendidos, del fuego que no se deja domar, de la espesura que no se deja talar, libres y feroces, hijos del volcán y del rayo. No había maldad entonces, había solo naturalezas, cada una fiel a sí misma. Cantaba el elfo sin saber que cantaba, como canta una caña al pasar el viento. El enano, al golpear la piedra, no le imponía forma, recordábale la suya. Y el orco corría con la tormenta, y no sabía que la tormenta era él. Acabó esta edad cuando los hijos de Gaea alzaron por primera vez la mano hacia lo que no era suyo, y la cerraron sobre ello, y supieron que la mano podía cerrarse.

Vino entonces la edad de la forja. En el sur, allá donde se extienden los desiertos blancos de Crix, floreció el imperio solar de los Syl'theri, cuyo nombre en la antigua lengua del cristal significaba los hijos de la doble hora. Tenían la piel oscura como obsidiana pulida, y guardaban en los ojos la doble luz de los soles gemelos. Y levantaron ciudades cuyo cristal sonaba al amanecer y se enfriaba al anochecer, y palacios donde la luz no entraba, porque la luz ya vivía adentro, prendida en las venas mismas del muro. Domesticaron el tiempo como otros domesticaron caballos. Aprendieron a demorar las horas, aprendieron a deshacer la vejez, aprendieron, y esto fue su perdición, a creer que el tapiz era suyo. En el norte abrieron los enanos Kaza que en la lengua de los padres bajo la piedra quiere decir profundidad del

hierro rojo, fortaleza más vieja que muchos dioses pequeños, con galerías que descendían hasta donde la piedra recuerda haber sido fuego. Y los elfos, en bosques que aún no tenían miedo, fundaron Aethelgard, la ciudad de la guarda noble, en cuyo recinto se alzaban las 5 torres que de antiguo se enumeran. Eluvar, la de la aurora. Syrned, la del cántico. Ondalore, la del agua quieta. Tethelfarien, la de la vigilia. Y Morniat, la torre sin ventanas, donde se dictaron las primeras leyes que mortal escribió creyendo entender la justicia. Espléndida fue aquella edad, orgullosa fue también.

Los Syl'theri, embriagados por su dominio del instante, quisieron lo que ningún pueblo había pedido todavía, detener el reloj del mundo. Reunieron su saber, alinearon lentes, encendieron salas y tiraron del tapiz para hacer un nudo donde no debía haberlo. Y se abrió en el cielo una fisura que ningún hombre vio, porque ningún ojo está hecho para ver lo que cede en la urdimbre del mundo. Mas las aves que pasaban en ese instante cayeron muertas a tierra, y los ríos del sur retrocedieron una noche entera antes de volver a su cauce. A eso lo llamaron después la ruptura, Mas los que estaban allí no lo llamaron de ninguna manera, porque no tuvieron tiempo. Se hundieron las ciudades de cristal en un suspiro, parpadearon los soles gemelos.

El desierto se cerró sobre el imperio solar como un párpado, y donde antes hubo torres, hubo arena, y donde antes hubo cantos, hubo viento. La magia, libre de su cauce, se derramó por el mundo como un río que ha olvidado su lecho. Y allá, en el este, donde la herida fue más honda, los árboles empezaron a susurrar, aún susurran. De la grieta que dejó la ruptura algo se filtró, no era un ejército, no era una bestia, era una astilla. Tenebris, el vacío silente, nunca había hecho daño, hermano era, no enemigo. Pero en la quietud sin fondo de su mirada moraba una conciencia más pequeña, una astilla más celosa, hecha del sedimento amargo de cuanto el mundo no dejó nacer. Y esa astilla tenía nombre, aunque pocos se atrevieran a pronunciarlo entero, Tza'Rhaun.

No destruía Tza'Rhaun, torcía lo ya hecho y lo devolvía al mundo casi igual, solo que ya no era lo mismo, susurró a los orcos. Su orgullo de fuego se hizo sed de sangre y su chamanismo, que era pacto con los volcanes, se hizo brujería negra, y los unió bajo un estandarte sin honor, el de la espina negra. Susurró a los enanos. Su amor por la piedra se volvió codicia, su lealtad se volvió desconfianza. Hermano dejó de mirar a hermanos sin sospecha, susurró a los elfos. A algunos les prometió una luz más antigua que las estrellas, y aquellos elfos, hambrientos de una belleza imposible, bajaron a las profundidades y no volvieron a salir. A sus hijos los llaman hoy los Aetheldur, que es decir, los que olvidaron el cielo.

Vino entonces la guerra de la traición, y duró lo que duran las guerras que el mundo no quiere recordar, demasiado. Y en aquellos años cayó Bain el mudo, último de los padres bajo la piedra, ante las puertas de Tza'Rhaun, y allí fue muerto sin haber pronunciado palabra. Y la torre de Morniath ardió 3 noches sin que nadie viera la mano que la había encendido. Y el rey élfico Ydranel, que era de la casa de Syl'rned, fue tomado vivo por los Aetheldur, y de él no se supo más, salvo que su nombre dejó de cantarse en él Doria al amanecer. En esa guerra nacieron los humanos.

No nacieron del fuego ni de la piedra ni de la luz de las estrellas, nacieron del paso de los días. Breves eran y hambrientos, no tenían cantos propios y aprendieron los ajenos, No tenían honor heredado, y hubieron de inventarlo cada mañana con las manos sucias. Y lucharon, porque eso supieron hacer en todos los frentes, con todos los pueblos, contra toda sombra. Al cabo de un siglo de ceniza, los pueblos libres atraparon a Tza'Rhaun y lo sellaron en el corazón de un volcán de la espina negra. No lo mataron, ningún mortal mata a una astilla del vacío. Lo encerraron, lo cerraron como se cierra una puerta sobre algo que respira.

Mas calló kaza'gor, vaciada quedó Aethelgard. Y la confianza entre las razas, ese tejido más frágil que cualquier seda, quedó cortada en jirones que nadie ha vuelto a coser. 1000 años pasaron después, que es poco para una montaña y eternidad para un hombre. Y en ese tiempo se olvidaron los nombres de los caídos, y los muros levantados con su sangre fueron creídos obra de manos antiguas que nadie recordaba. Y la edad presente es llamada la del ocaso, y los que en ella moran no saben en qué noche viven. Reconstruidos están los reinos, mas son sombras. El doriah, la de los bosques cantores, se ha cerrado sobre sí misma como flor que teme la lluvia, y sus ancianos repiten rituales que ya no curan nada, mientras una fiebre lenta, el marchitamiento, la llaman, les seca los árboles desde la raíz, y en los claros donde antes brotaba musgo, hoy crece un silencio que huele a hojas quemadas.

Grimmstone, la de los enanos, golpea el yunque con menos fuerza cada año, y en sus alas, el eco devuelve el martillo más tarde que antes, como si la piedra misma estuviera cansada. Sueñan con recuperar Kha'Sa'Gor, hoy infestada de horrores. Mas en sus túneles más profundos hay enanos, pocos todavía, que han comenzado a grabarse runas prohibidas en la piel. Las tribus de la espina negra se devoran entre sí bajo un caudillo de risa terrible, Gromash llamado, que cree, y casi convence a su pueblo, que el único honor que les queda es la conquista. Y, sin embargo, en las tribus aisladas, lejos del humo de sus hogueras, hay todavía quien recuerda una canción más vieja, y un joven chamán empieza a aprenderla en secreto.

En los desiertos de Kregs, los nómadas escuchan, en las ruinas que la arena no ha terminado de cubrir, voces que no son del viento. Y al sur se alzó, en aquellos años, un imperio nuevo, joven y hambriento, brillante como espada recién forjada, Aethelria, que en boca de sus fundadores se quiso decir tierra de los nobles que acaban. Hijos eran de aquellos humanos que pelearon en todos los frentes y aprendieron de tanto pelear a no creer en nada que no se pudiera medir. Marchaban derecha sus legiones, y el polvo que levantaban se veía en el horizonte antes que ellas. Catalogaban sus magos las reliquias antiguas como quien cuenta monedas. Y de los señores de Ethelria se dice que su emperador era de astucia callada, y sus generales, hombres de hierro, y la archimaga Lyra, que entre todos ellos resolvía y aconsejaba, mujer de cuya paciencia no se conocía

el fondo, y ninguno de los suyos sabía qué cosa despertaba bajo sus pies, porque el sello flaqueaba. No de golpe, nunca son de golpe estas cosas. Se debilita el sello como se debilita un dique, en grietas que nadie mira hasta que el agua entra por todas a la vez. No había vuelto Tza'Rhaun, tampoco necesitaba volver. Encerrado, solo susurraba. Susurró a Aethel en furia gris, enano de Grimstone, hasta que Aethelin bajó a las cavernas de los lamentos buscando gloria. Y volvió siendo otra cosa, gris la piel, fríos los ojos, lenta la voz, y a sus pies un gusano de roca doblegado a su voluntad, tan viejo como las raíces del mundo.

Susurró a los magos que se internaron en los bosques susurrantes creyendo que oirían poder, y oyeron, sí, lo que querían oír. A esos hoy se los llama los Tejedores de Ecos y sirven, y algunos ya lo saben a la voz que les habla. Susurró sobre todo a los buenos, al rey que vacila, al sabio que duda, al joven oficial que quiere demostrar su valía. No necesita malvados. En cada generación elige 3 o 4 hombres justos a los que el sueño huye, y por boca de ellos se hace. Y, sin embargo, no estaba perdido el mundo. Porque en aquellos días, cuando la montaña sangraba y el bosque enfermaba y el desierto recordaba demasiado y el imperio crecía sin escuchar, 3 figuras menudas, casi imperceptibles, comenzaron a caminar por separado por mapas distintos, y de esas 3 se dirá lo que después se dijo.

La primera fue Zafira, de los nómadas de Kratz, hija de la casa de Idrahel, que es de las casas que el desierto no olvida, rastreadora de ecos en su pueblo, y a quien después llamarían guardiana del sueño. Aconteció que sus dedos tocaron bajo una piedra que el viento había descubierto lo que ningún anciano de su tribu se había atrevido a desenterrar, y supo entonces lo que pocos quisieron saber, que la ruptura no fue accidente, sino sacrificio, que los Syl'theri no se hundieron por orgullo, sino por amor, y que algo, alguien duerme bajo el desierto y su sueño sostiene el mundo.

De ella se dirá en su tiempo cómo vino a ser guardiana de un sueño que no era el suyo y qué precio pagó por no soltarlo. La segunda fue Layrael, erudita de Aethelgarcaída, hija de archiveros de manos manchadas de tinta y de polvo de libros viejos, aquella a quien después nombraron la que leyó la sombra en los libros. Y aconteció que una noche, leyendo a la luz de una vela, comprendió lo que ningún anciano de su pueblo había querido comprender, que el marchitamiento no era plaga, sino infección, que la infección venía de una herida, y que alguien, en alguna parte, hurgaba esa herida a propósito.

Apagó la vela, empacó sus libros, salió de él Doria al amanecer sin permiso, sin escolta y sin volver la cabeza, y de los suyos no la vio nadie partir, salvo un solo guardia que después callaría toda su vida lo que aquella mañana había visto. El tercero fue Ahreth, hijo de Cae'l'Umir, capitán del imperio de Aethelria, y de Iriabel, de la casa de Syl'Ned, elfa de Eldoria, a quien los suyos repudiaron por haber amado a un hombre breve, nacido, pues, de 2 pueblos y aceptado del todo por ninguno. No quería Ahreth ser nada extraordinario, quería pertenecer, quería que su padre lo mirara con orgullo, quería que los suyos, humanos y elfos, ambos los suyos, ninguno del todo los suyos, lo aceptaran.

Mas hay viejas profecías que no preguntan, y entre las que en Aethelgard fueron escritas antes del vaciamiento y que las casas élficas conservan sin entenderlas, hay un verso oscuro, sostenido por aliteración más que por sentido, acerca de un héroe de sangre mezclada, nacido cuando los soles gemelos al fin giren la cabeza el 1 hacia el otro, bajo una luna que lleva rota desde antes que la memoria, verso que pocos relacionaron con muchacho alguno hasta que ya fue tarde para no relacionarlo. Y los soles gemelos giraban ya, aunque pocos en Aerthos lo notaran. Y Ahreth, aquella mañana solo se ajustaba la hebilla del cinturón.

No se conocían aún estos 3 ni sabía ninguno de ellos del otro. Caminaban por mapas distintos hacia preguntas distintas, sin saber que las preguntas eran una sola pregunta y que el mapa al final era 1 solo. Mas los hilos de un tapiz tendido vuelven siempre a tocarse, y cuando se encontraron, que se encontraron, el mundo entero ya temblaba. Y de todo lo que después aconteció en Aerthos, y de cómo los 3 fueron 1, y el 1 fue 3, Y de quien al final levantó la mano contra la sombra, ¿y quién la abrazó? Y de qué pérdidas hubieron de contarse, y cuáles quedaron sin contar, y de los enanos que murieron sin volver a ver su montaña, y de los elfos que se durmieron bajo árboles ya sin sabia, y de los humanos que ganaron guerras que no entendieron, y de los orcos que cantaron antes de morir una canción que sus abuelos habían olvidado.

Hablan las crónicas que siguen.

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