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Capítulo I · Saga I — El Tapiz que Aún Respira · 21:57 · 3 partes

La Vigilia

La Vigilia — fotograma

Narración, música e imágenes creadas con apoyo de herramientas de IA generativa.

En la Ciudad de las Agujas Solares, corazón del Imperio de los Syl'theri, las torres de cuarzo negro bebían la luz de los dos soles y devolvían su brutalidad convertida en un zumbido suave, una segunda respiración en los huesos. Allí Ishan-Rel sirvió treinta y dos años en la Guardia Silente, velando la cuna de luz dorada donde dormía sin envejecer el niño-dios: no una criatura que proteger, sino un ancla del mundo.

La noche en que todos los videntes despertaron gritando a la vez, el Gran Tejedor Ahreth nombró lo que venía del oeste: una sombra con nombre, una astilla del Vacío que aprendió a querer —Tza'Rhaun. No se le podía combatir, porque se nutría de todo poder que lo tocara; al Durmiente no se le podía mover, porque mover el ancla rompería la realidad. Sólo quedaba esconderlo: y los Tejedores Temporales, la orden de artífices que Lythos guiaba, fisuraron el tiempo y envolvieron la cuna en una burbuja fuera del alcance de la sombra.

Pero fisurar el Tapiz tenía un precio, y Ahreth lo pronunció sin titubear: que todo ardiera. Cada alma, cada piedra, cada recuerdo del Imperio Solar, vueltos combustible de un único acto. El cuarto amanecer fue el último. Las torres brillaron como nunca, las calles se plegaron hacia adentro, y la ciudad se cerró sobre sí misma en silencio —un silencio con dientes— mientras la cuna desaparecía hacia la brecha.

Sólo una guardiana fue enviada al pasadizo oriental, para que el secreto no muriera con los muertos. Ishan-Rel caminó cuarenta días por la arena que ya cubría tres siglos de civilización, única Syl'theri viva bajo el cielo abierto. Halló a los nómadas humanos del desierto, y entre ellos sembró la vigilia: no como recuerdo sino como instinto, tejido en la sangre de sus descendientes —la capacidad de oír el susurro de la cuna cuando temblara. Así la vigilia cambió de manos, y aún espera el día en que el mundo esté listo, o en que no quede más tiempo para esperar.