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Cosmogonía

La Cosmogonía — El Tapiz que Aún Respira

La introducción cronística completa (v6). Registro Silmarillion sostenido. El origen entero, de Lúminos a los tres caminos.

La Cosmogonía de Aerthos — el Tapiz tejido entre Lúminos y Tenebris.

Antes que hubiera nombre para el viento, y antes que las piedras conocieran el peso de sus propias sombras, hubo dos.

Hubo Lúminos, que soñaba. Y hubo Tenebris, que callaba. Tejía el uno; escuchaba el otro el rumor del telar. Cantaba el uno hilos de luz, de materia, de memoria; recibía el otro, en su quietud sin fondo, lo que cada hilo dejaba caer al pasar: la sombra. Porque ningún hilo de luz se mueve sin arrastrar la oscuridad que lo define, ni canción alguna suena sin el silencio que la sostiene.

No fueron enemigos. Eran hermanos. De aquella danza —que no fue guerra, aunque más tarde los hombres la cantaran como guerra— vinieron los Primordiales. Y Gaea, que era tierra, despertó; e inclinóse Caelus; y sopló Pyros, fuego paciente, en su vientre. De ese pacto nació un mundo. Lo llamaron Aerthos, que en la lengua primera de Lúminos quiere decir Aliento-sobre-la-Piedra.

Y Aerthos era joven, y temblaba.


En el Amanecer de los Cantos nacieron los Elfos, prendidos en la luz de las estrellas; los Enanos, tallados en lo más hondo de las montañas, y siete fueron los primeros padres bajo la piedra: Durim, Halgar, Tordrun, Ferek, Bralka, Nogr, y Vhain el Mudo, que jamás habló y a quien sin embargo escuchaban todos; y los Orcos, que no fueron tallados sino encendidos. No había maldad entonces. Había sólo naturalezas, cada una fiel a sí misma.


Vino la Edad de la Forja. En los desiertos blancos de Crkds floreció el Imperio Solar de los Syl'theri, los Hijos-de-la-Doble-Hora, que domesticaron el tiempo. Los pueblos posteriores dijeron que quisieron detener el reloj del mundo; el canon vigente distingue esa versión como mito incompleto.

La Ruptura no fue accidente ni soberbia: fue un sacrificio civilizacional deliberado para esconder al niño-dios Durmiente del alcance de Tza'Rhaun. Lythos trazó el mecanismo técnico; el Gran Tejedor Ahreth pronunció el precio. El desierto se cerró sobre el Imperio Solar como un párpado, y allá, en el este, donde la herida fue más honda, los árboles empezaron a susurrar. Aún susurran.


De la grieta que dejó La Ruptura, algo se filtró. No era un ejército. No era una bestia. Era una astilla del Vacío Silente, con voluntad propia y distinta de Tenebris. Tenía nombre, aunque pocos se atrevieran a pronunciarlo entero: Tza'Rhaun. No destruía: torcía lo ya hecho, y lo devolvía al mundo casi igual, sólo que ya no era lo mismo. Vino la Guerra de la Traición. En esa guerra nacieron los Humanos, breves y hambrientos, que hubieron de inventar el honor cada mañana con las manos sucias. Al cabo de un siglo de ceniza, los pueblos libres sellaron a Tza'Rhaun en el corazón de un volcán de la Espina Negra. No lo mataron: lo cerraron como se cierra una puerta sobre algo que respira.


Y la edad presente es llamada la del Ocaso, y los que en ella moran no saben en qué noche viven. Reconstruidos están los reinos, mas son sombras. Porque el sello flaqueaba. No de golpe: nunca son de golpe estas cosas. Encerrado, Tza'Rhaun sólo susurraba: al rey que vacila, al sabio que duda, al joven oficial que quiere demostrar su valía. No necesita malvados.


Y, sin embargo, no estaba perdido el mundo. Tres figuras menudas, casi imperceptibles, comenzaron a caminar por separado por mapas distintos. Zafira, de los nómadas de Crkds, a quien después llamarían Guardiana del Sueño. Lyraelle, erudita de Aethelgard caída, la-que-leyó-la-sombra-en-los-libros. Y Arion, hijo de dos pueblos y aceptado del todo por ninguno, sobre quien pesaba un verso que pocos se atrevieron a relacionar con muchacho alguno, hasta que ya fue tarde para no relacionarlo.

No se conocían aún. Mas los hilos de un Tapiz tendido vuelven siempre a tocarse; y cuando se encontraron, el mundo entero ya temblaba. Y de todo lo que después aconteció en Aerthos hablan las Crónicas que siguen.